Nocturnidad

Tras hacer el esfuerzo casi sobrehumano de despegar los párpados, su siguiente acto fue contra el despertador. Lo estampó contra la pared como si tuviera una cantidad inagotable de despertadores guardados en el cajón de la mesilla de noche. Uno menos. Por si os lo preguntáis, ha sido un gesto involuntario, una reacción primaria ante algo desagradable.
Sin duda más aceptable que el día que se despertó de repente y se golpeó la cabeza contra la leja de arriba. Aunque lo más vergonzoso fue tener que explicar durante todo el día el origen esa brecha en su frente. Su yo más primitivo siempre afloraba a primeras horas de la mañana; si se despertaba (o la despertaban) bruscamente, se ponía de mal humor, aunque no le duraba demasiado. El peor momento del día era abrir los ojos por la mañana, nunca entendería a esas personas que se despiertan con energía para estudiar, salir a correr o si quiera desayunar. Agradecía enormemente tener que coger el autobús o el tren para llegar a donde tuviera que ir, así aprovechaba el trayecto para civilizarse. Era como un viaje curativo: le bastaban los auriculares, un libro o simplemente dejar vagar la vista.

Es posible que esta odisea matutina se deba a la costumbre -insana, dirán algunos- de trasnochar. Pero no lo podía evitar, sobre todo en verano. Leer más »

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Con premeditación y alevosía

Hundida en el sillón con los pies apoyados en el sofá, desconecto, me concentro en el libro de poemas de un conocido que tengo en las manos, con la única compañía de los gorriones del parque de enfrente. Todo muy bucólico, sí.

Hasta que algún iluminado toma la maravillosa decisión de aparcar su coche en mi calle con la música a todo volumen. Demasiado bien había empezado el día, algo tenía que torcerse. Intenté ignorarlo y seguir leyendo pero era imposible abstraerse. Leer más »

Puta necesidad

Síntomas claros de recuperación, la recuperación verdadera o la que no existe. Como forzar la cerradura de una carnicería para llevarte siete quesos y las pocas monedas que había en la caja registradora y escribir en la pared: “Lo siento. Puta necesidad”.

Como encontrarte a un vecino tuyo rebuscando en la basura, pidiéndote un par de cartones de leche para sus hijos. O a un amigo viviendo en un garaje porque lo han desahuciado. Y aún gracias que no tiene hijos. Como aguantar que te denigren en el trabajo porque “mejor eso que nada“. Como tener que irte de tu país a fregar platos a otro porque aquí no hay ni eso. Como que te condenen por comprar comida y pañales con una tarjeta de crédito que te encontraste. Y que te llamen delincuente. Como que a tu hijo en el colegio le digan: “Muérete, muerto de hambre”.

¿Serán estos los brotes verdes?Leer más »

Cuéntame una historia

Cuéntame una de esas historias que piden a gritos una botella de vino como acompañante. O el rasgueo de las cuerdas de una guitarra.

Una historia de las que suenan a mentiras pero que todos querrían haber vivido. Llena de mentiras que no mienten. Como un camino de ida y vuelta, en el que nunca puedes volver al mismo punto de partida. Y vuelta a respirar aromas pasados. O aromas desconocidos, porque a veces se tiene nostalgia de lo que no se conoce.

Historias que te dejan con los ojos cerrados y las manos abiertas, esperando que no quede ahí, que haya un último gesto involuntario pero real. O irreal. O irracional. Una de esas en las que París acaba ardiendo. Y Troya.

Cuéntame una que derribe todos mis propósitos. Y mis defensas. Échame la culpa por tener un as en la manga. Por si acaso. Y luego cuéntame otra. Otra de las que hacen explotar el día y la noche, que la llenan de destellos brillantes que no puedes dejar de mirar.

Una de esas historias que preceden a visiones alocadas, que te hacen querer cruzar en rojo, en plan kamikaze y a ver qué pasa. De esas que no quieres ver desde la trinchera, la quieres ver en directo, la quieres vivir.

Una donde las princesas no quieren ser princesas y los príncipes no existen, donde todos son almas desertoras buscando botones que romper en bares llenos de humo.

Cuéntame una historia de esas que no tienen moraleja, que son siempre las mejores.

Eso dicen

Dicen que nadie nace loco, que enloqueces.

Dicen que lo que fácil llega, fácil se va.

Dicen que no es cierto que un poeta no te pueda noquear.

Dicen que ya no hay utopías en las que creer.

Dicen que hay momentos en que el tiempo se detiene de repente para dar lugar a la eternidad.

Dicen que siempre volvemos a los sitios donde nunca hemos estado.

Dicen que la genialidad sin locura es posible pero no probable.

Dicen que el sentido de la vida es cruzar fronteras.

Dicen que no importa la edad que uno tenga. Que lo importante es que tus recuerdos nunca sean más grandes que tus proyectos.

Bob Dylan by Jim Marshall, 1963

Sobre feminismo y “meninism”

Aristóteles escribió sobre la mujer que es “un hombre incompleto”, y Santo Tomás de Aquino, que es “un error de la naturaleza”.

El otro día me enteré de la existencia del meninism, en principio pensé que era la última moda para desprestigiar al feminismo y no estaba muy alejada de la realidad pero originariamente su propósito no era ese. Nació como un hashtag en Twitter creado por hombres en el que compartían chistes, y que pronto algunos empezaron a utilizar también para “dar a conocer los problemas de ser un hombre en el siglo XXI”.

Pero buscando un poco más he encontrado en El Huffington Post una entrevista que le hicieron hace poco más de un año al creador del movimiento, Ti Balogun que paradójicamente se considera feminista. Leer más »

Tic-tac

Imaginad que, una vez llegados a cierta edad, tuviéramos que sentarnos ante un tribunal donde fueran a juzgar todos los hechos, las decisiones tomadas, las conversaciones… toda nuestra vida, ¿cómo nos sentiríamos? ¿Tendríamos miedo o estaríamos tranquilos y seguros de nosotros mismos?

La cosa se agrava si los jueces o, simplemente el público de la sala, son tus amigos y familiares, gente que te importa. O desconocidos, sería de entrada libre para cualquiera como si fuera un show.

La escena, con un rollo un poco futurista, sería más o menos así: estaríamos sentados en una triste silla en el centro de la sala –con un decorado minimalista, blanco- alejados del resto de la gente a mucha distancia (o esa sería nuestra sensación), mientras en una pantalla gigante van pasando escenas de nuestra vida. Como si aquello fuera un cine, el público podría adquirir palomitas y refrescos a gusto del consumidor. Con la única diferencia de que todos los allí presentes tendrían un mando a distancia con el que pueden pausar la reproducción para comentar algún hecho o preguntar alguna duda al pobre acusado. Además de pausar, también pueden pasar los momentos humillantes, o los que ellos consideren, a cámara lenta para el regodeo de los asistentes.

Al final del “juicio” se emitiría un veredicto final en el que decidirían si tu vida ha valido la pena para algo o si la humanidad se podría haber ahorrado tu existencia. En tal caso no habría cárcel para el enjuiciado, se sobreentiende que ya tiene bastante castigo con el hecho de que un puñado de personas, que creía que le apreciaban, le hundan de esta manera.

***

Esto es algo que soñé el otro día, no sé a cuento de qué. Un poco perturbador, la verdad, casi podría ser un capítulo de Black Mirror. Pero la cuestión es que me hizo pensar en la importancia que le damos a lo que el resto de la gente piensa de nosotros. En la cantidad de cosas que hacemos o no hacemos pensando en lo que opinarán los demás y lo poco que nos preocupamos a veces de lo que nos apetece a nosotros mismos.

Coge el cubierto con la mano derecha, los codos fuera de la mesa, el azul es de chicos, no hables con desconocidos, no vayas sola de noche por la calle, no seas contestona, decir palabrotas no es de señoritas, no te acuestes con un tío el primer día que lo conoces, no comas entre horas, sigue la dieta, maquíllate día sí y día también.

A veces se nos olvida que la vida caduca, que no estaremos aquí para siempre. Que nunca volverá a ser hoy. Que nunca seremos más jóvenes de lo que somos ahora mismo. Que no sabemos cuántos días nos quedan de esta cuenta atrás que es la vida. Y dejamos pasar oportunidades con la falsa convicción de que habrá otras mejores. Que no digo que no, es posible y quizá probable, pero no podemos estar seguros de ello. Y no sé si podemos permitirnos el lujo de arriesgarnos a perder momentos. El tic-tac del reloj nunca se detiene, no espera a nadie.

Estamos predispuestos al conformismo, a aceptar los dogmas impuestos por la sociedad sin preguntar. Nos lo ha inculcado tan bien que ya nadie lo pone en duda, es parte de nosotros. Pero el conformismo tiene un precio y es vivir a medias, vivir a las órdenes de otros.

Ignoremos los límites, lo políticamente correcto, lo bien y/o mal visto socialmente, los remordimientos que nunca aportan nada bueno, las normas no escritas que coartan nuestra libertad de movimiento. Pongamos todo en cuestión.

Lo opuesto a esto que nos han enseñado es subirse a todos los trenes aunque luego acaben descarrilando. Y si al final alguien se atreve a juzgarnos por nuestros actos, que al menos, nos sintamos orgullosos de todo lo que hicimos y no nos arrepintamos de nada.

Big Sur, California, 1960s. Hunter S. Thompson

«La vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo con un cuerpo bonito y bien conservado, sino más bien llegar derrapando de lado, entre una nube de humo, completamente desgastado y destrozado, y proclamar en voz alta: ¡Uf! ¡Vaya viajecito!»

 Hunter S. Thompson

Cero

Última parada. Recuerden: antes de subir al tren, no está de más echar un último vistazo atrás. Pero solo eso, para no olvidar. Nada de recrearse en el paisaje, que ya hemos tenido bastante y tenemos muchos más por delante.

Y cuando oigáis la llamada, subid al tren, acomodaos en el asiento y disfrutad del trayecto.

Cuando el sol sale

El bar estaba repleto de gente y de humo. Se suponía que no se podía fumar pero llega cierta hora en que a la gente eso le da igual. Y al parecer a los camareros también. El grupo encargado de poner la música esa noche lo estaba dando todo encima del escenario y poco a poco se lo transmitió al público que no tardó en contagiarse de la euforia colectiva.

A la chica sentada en la barra no parecía que la música le estuviera transmitiendo muchas cosas. Más bien parecía que estaba allí porque podía fumar y beber en un espacio cerrado en vez de hacerlo en la calle a cinco grados. De vez en cuando cruzaba alguna mirada –medio enfadada- con el camarero, como pidiéndole explicaciones por la música o por que la persona que estaba esperando tardaba demasiado.Leer más »

Apología invernal

Apología invernal, que no infernal, ojoLa herejía la dejamos para otro día.

El invierno ha llegado (por fin), aunque no oficialmente, aun quedan un par de semanas, pero las quejas ya son continuas a mi alrededor. Que si hace mucho frío, que si llueve… pues sí, amigos, esa es la definición de «invierno». Bienvenidos.

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Así que tras tanto ultraje al invierno debo salir en su defensa. He preparado un manifiesto pro-invernal, y quien no esté de acuerdo es que tiene un serio problema con la vida. Que sí, que hay algunas cosas que no molan nada, como la inmensa pereza que da salir a la calle, o que te pille la lluvia sin avisar y acabes llegando a casa empapada y con el consiguiente resfriado.
Pero ya está. No hay nada más. Y, bueno, la lluvia la nombro porque es lo que comentan en las noticias, porque por esta zona del Mediterráneo no sabemos muy bien lo que es, la verdad. Y de la nieve ni hablemos. Pero he tenido la suerte de pasar unos cuantos inviernos por otras zonas del país y he podido comprobar que no todo son temperaturas medias de diez grados y sol permanente. También hay otros inviernos donde no pasan de los cero grados, donde, a veces, no ven el sol en días y donde cada mañana la máxima motivación para salir de la cama es la nieve que ha caído durante la noche.

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Además al invierno lo acompañan las bufandas, de esas que cuanto más grandes mejor, los gorros, los guantes y los jerseys. Las tardes de enrollarte en una manta con un té o un café y ponerte una peli, el último capítulo de una serie o coger ese libro que tenías pendiente. Y apalancarte al lado de una ventana mientras al otro lado cae el diluvio universal. O, en el caso de los valientes, calzarte unas botas y salir a chapotear en todos los charcos que encuentres. Y lo más de lo más sería tener una estación de esquí cerca. Eso sí.

Mi objetivo de todos los inviernos siempre ha sido hibernar. Nunca he podido conseguirlo por cosas banales de esta vida: clases, exámenes, compromisos, morir de inanición (eso de darse el atracón para poder aguantar todo el invierno no funciona). Pero, en serio ¿a quién no le gusta hacerse un fuerte en la cama con el edredón nórdico y dormir indefinidamente mientras escuchas llover?

Porque taparte con el nórdico es como dormir metido en un croissant y, sinceramente, es de las mejores cosas del invierno.

Algo que también mola mucho es ver como lo artificial e inhumano de las ciudades se vuelve un poco más salvaje cuando el agua, la nieve y el hielo se apoderan de sus calles. Y, sin duda, algo divertido digno de observar, son las peripecias de la gente al andar por aceras resbaladizas. Hasta que te toca a ti, entonces ya no es tan gracioso.

Y, por supuesto, con el invierno también llega la navidad. Esas dos semanas en las que te cebas con una ingente cantidad de comida, polvorones y turrón, te posee una necesidad incomprensible de consumismo extremo, y te recorre cierta hipocresía, muy típica de estas fechas. Pero también tiene su lado bueno, como esos reencuentros con familiares y amigos a los que hace mucho tiempo que no ves, regalos (para qué mentir, a todos nos gustan los regalos) y, sea por lo que sea, la gente suele ser más solidaria en esta época, y eso siempre es bueno.

En definitiva, los pros del invierno arrasan con los contras, claramente. El invierno no suele traer tan grandes planes como el verano, más bien se trata de aprovechar los pequeños momentos sobre todo. Pero nadie ha dicho que en invierno no se puedan hacer grandes cosas o grandes viajes. De hecho suelen tener un encanto que en verano es imposible de encontrar.

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